Este ensayo forma parte de un diagnóstico más completo del que, quizá, es el mayor reto para el México moderno: el alza del fentanilo. En entregas anteriores de esta serie exploré la lógica detrás de esta droga —y su ascenso tan rápido en el mundo de los narcóticos— , así como el tamaño de su crecimiento en años recientes. Ahora, anudado a lo anterior, llevó la patología a un paso aún mayor: entender qué tan extenso —y no sólo qué tan grande— es el problema.

Radiografía geográfica
Sólo de ver las noticias —o leer las entregas anteriores de este ensayo— notaremos un estado alarmante para México. El fentanilo se ha ido esparciendo por el país; como las enfermedades que, en los análisis tempranos, abruman a doctores con lecturas astronómicas de medidas acostumbradas.
Tenemos un problema con el fentanilo. El narco ha encontrado en esta nueva droga una fuente inmensa de riqueza. Por ello, en menos de una década los decomisos de fentanilo han crecido abrumadoramente, pasando de 15.93 kg en 2015 a 125.15 kg en 2022 —y un pico de 664.13 kg en 2021. ¿En términos monetarios? Un salto de 224.4 a 1763.3 millones de dólares en valor decomisado tan sólo en siete años.
Sin embargo, queda aún un tema por analizar: ir más allá de los agregados y entender cómo es que el fentanilo está entrando en México. Al mismo tiempo, claro, estudiar cómo el fentanilo se mueve por el país. Es decir, no sólo analizar la composición del fentanilo o su crecimiento histórico, sino mirar, a fondo, su geografía.
¿Por qué importa esto? En gran parte, por nuestra inhabilidad de ver al fentanilo cara a cara y entender el problema que representa. A la fecha, México ha evadido una discusión seria sobre el fentanilo con un argumento esquivo: somos un país intermedio mas no el problema mismo. De acuerdo con la postura actual, México es meramente un punto intermedio en la vida del fentanilo, ya sea al ser importado de China y traspasado, por nuestras fronteras, a Estados Unidos, o al llegar, también de China, los precursores del fentanilo para luego entrar a Estados Unidos donde se desarrollan en el producto final. México, de acuerdo con esta posición, no cuenta con laboratorios de fentanilo ni consumo interno; sólo somos el centro de atención de un problema ajeno. (Quizá, en parte, no hay esfuerzos del gobierno por brindar cifras sobre laboratorios de fentanilo; sólo tenemos datos de decomisos en kilos y pastillas —mientras tanto, tenemos datos extensos sobre quemas de plantíos o destrucciones de laboratorios de metanfetaminas).
Es difícil —por no decir imposible— desacreditar la postura del gobierno actual con los datos existentes. Después de todo, no se reconoce, de momento, la producción de fentanilo en el país. Pero aún con ello, podemos dar matices adicionales a la penetración del fentanilo en México: un matiz geográfico además del matiz temporal que ya hemos brindado.
Para ello, nuevamente utilizaré la base de datos de México Unido contra la Delincuencia (MUCD), que representa, por mucho, el compendio más extenso de datos sobre decomisos de narcóticos en el país. No sólo eso, también enlista, a nivel municipal, el lugar donde ocurrieron los decomisos; ello permite entender, a grandes rasgos, la patología completa del fentanilo. Agregando a ello los geodatos del Inegi, podemos darnos una idea clara de los lugares más afectados por el fentanilo en lugar de pensar en la droga como un problema que perjudique a toda la nación por igual.
Pero antes de ver los datos, volvamos a la hipótesis del gobierno. Si en realidad México fuera un punto medio en el tráfico de fentanilo desde China, como se ha argumentado, esperaríamos que los estados afectados fuesen aquellos en la costa oeste del país; aquellos más cercanos a Estados Unidos. Y esto debería verse reflejado en los datos disponibles.
En las siguientes gráficas, identifiqué los decomisos por estado y municipio entre 2015 y 2022, ordenándolos de mayor a menor. Como se puede apreciar, sí existe cierta verdad en la hipótesis del gobierno. Los tres estados más afectados (Baja California, Sinaloa y Sonora) están en la costa más cercana de China y, a su vez, en las inmediaciones de Estados Unidos. Lo mismo con los municipios más afectados (Tijuana, Culiacán y Ensenada), todos a escasas horas de la frontera y en la costa oeste (si bien es más el caso para Tijuana y Ensenada, Culiacán sigue siendo parte del norte del país).


Sin embargo, al observar solamente los agregados perdemos nuevamente el posible matiz que puede brindar una perspectiva geográfica. Al enfocarnos solamente en los estados más afectados, corremos el riesgo de ignorar la presencia de otros mucho menos esperados como, por ejemplo, el que la Ciudad de México —tan lejos de la frontera y de la costa oeste— sea el cuarto estado con más decomisos, o que Zapopan y Querétaro aparezcan entre el listado de municipios con decomisos
Cuando desagregamos los decomisos por año y los expresamos en un plano geográfico, podemos apreciar cómo es que el fentanilo se ha expandido recientemente a lo largo del territorio mexicano. Es decir: nos toca ver no sólo cómo se distribuye el fentanilo en México sino, también, cómo esa distribución ha ido cambiando.
A continuación, presento una serie de mapas que combinan los datos de decomisos con geodatos del Inegi para precisar los decomisos a nivel estatal. En cada mapa, los colores más claros indican que en dicho estado hubo menos decomisos, mientras que los colores oscuros indican mayor presencia de decomisos. En las entidades grises no se registró decomiso alguno en dicho año.

Como se puede apreciar, entre 2015 y 2018, el tráfico de fentanilo parece seguir el patrón esperado: los decomisos se concentran en el noroeste de México, sobre todo en la península de Baja California. Para 2019, sin embargo, comienza un cambio geográfico considerable con la aparición de decomisos en Jalisco, San Luis Potosí y Zacatecas. Mismos que se intensificaron en 2020 y, para 2021, habrían ya decomisos en Durango, Puebla, Chihuahua, la Ciudad de México y Querétaro. Los decomisos fuera del noroeste —he de destacar— son la minoría. Sin embargo, su presencia ya sugiere que el fentanilo se ha adentrado en el resto de México. No podemos, con ello, demostrar que México sea productor del narcótico, pero sí sugerir que su presencia es mayor a la que observaremos de ser meros puntos medios en el traspaso del producto.
Así que, a pesar de la escasa información y las teorías generalizadas que dominan, tenemos suficientes puntos para un diagnóstico inicial.
Es claro que el fentanilo ya está altamente presente en México y lo está en varios frentes de importancia. Si se trata de decomisos, los números han aumentado; si hablamos de valor, ya supera el de drogas tradicionales; si pensamos en su presencia, se ha adentrado en toda la República. Lo que perdura, a través de todas las métricas estudiadas, es un sentimiento de urgencia; un perceptible aumento en el fentanilo dentro del país.
La radiografía del país ya está sobre la mesa; los huesos están plagados de manchas sutiles sugiriendo una enfermedad: una de nombre “fentanilo". Es una realidad difícil de admitir, como un diagnóstico de cáncer que deja, en pánico, al paciente a mediados del consultorio. Pero debemos reconocerlo. La teoría nos dice ya por qué el fentanilo ha de ganar; la práctica, tenebrosa, nos indica que ya está ganando.
José Luis Sabau
Politólogo y maestro en estudios latinoamericanos por la Universidad de Stanford