“El dios llamado Texcatlipoca, era tenido por verdadero dios invisible, el cual andaba en todo lugar en el cielo, en la tierra, y en el infierno, y temían que cuando andaba en la tierra movía guerras, enemistades y discordias, de donde resultaban muchas fatigas y desasosiegos”.
—Bernardino de Sahagún, Historia General de las Cosas de la Nueva España
Lo que sigue, en este texto, es un intento por esclarecer el mayor problema al que se enfrenta México.
¿Cómo medir lo que se niega a ser medido? Esa es la pregunta esencial del crimen organizado —y el tema a resolver en este ensayo. Que si han infiltrado la presidencia; que si trafican una o diez toneladas de cocaína, todos son temas que emanan de lo mismo. Lo inesquivable —lo verdaderamente siniestro— es que el narco es una amenaza latente pero imperceptible. Sin importar los millones de pesos dedicados a entenderlo, el crimen organizado siempre evade una métrica u otra.
Es, a su manera, paradójico. Sabemos, todos los mexicanos, que el narco está presente en el país entero. Por más de quince años hemos vivido en una guerra constante con noticias perpetuas de batallas y secuestros. Pero, al mismo tiempo, no podemos saber con certeza su paradero. Son como virus, flotando, en partículas, por los cielos; sabemos, intuitivamente, que están a nuestro alrededor aún si desconocemos el momento en que podrían infectarnos. O peor, como aquellos dioses ubicuos y temerarios —como el Tezcatlipoca de los mexicas— que esperan en todas partes al momento justo de atacar. Gran parte de su poder —del temor que llega a causar— está en este enigma tan arraigado en su ser. Al desconocer, con certeza, sus andares, los mexicanos vivimos en el temor de lo incierto.
Pero podemos disiparlo, al menos en parte, con un poco de análisis y otro tanto de intentos. Hay mucha lógica detrás de este misterio. Como he sostenido en entregas anteriores, los capos de la droga son actores tan racionales como cualquier otro —sólo que su razón, inevitablemente, resulta en el detrimento de muchos otros. Su tendencia esquiva viene, inevitablemente, de la naturaleza clandestina del crimen organizado —de toda actividad ilegal, realmente. Al operar fuera de lo permitido, sería insensato decir, públicamente, su ubicación. De hacerlo, alertarían de inmediato al Estado que va en su contra y, en un instante, llegarían patrullas y operativos a destruir sus negocios. Así que, razonablemente, operan en las sombras. Aunque el Cártel de Sinaloa y el Jalisco Nueva Generación lideran dos de las empresas más grandes de México, no celebran al abrir nuevos laboratorios de opioides como haría una tienda de supermercados con una nueva ubicación. Tienen que permanecer entre esas tinieblas que los protegen del ojo de la ley.

Volvemos, entonces, a la pregunta inevitable de este texto. ¿Cómo entender, con certeza, lo que se niega, por definición, a ser entendido? Afortunadamente, en la academia y la sociedad civil ha habido muchos intentos. Lo evidente sería irnos por aquello que el narco no puede evitar; los números que todos vemos constantemente y, por desgracia, se han vuelto parte de la psique mexicana. Al pelear una guerra activa contra el Estado, hay un resultado indiscutible y difícil de ocultar: los miles de homicidios acumulados al pasar por el país. Al contar los cuerpos, no se puede negar las balas del narco. Son los instantes, desgraciados, en que revelan su ubicación y entran, sin dudarlo, los ojos del público a entenderlos. Por mucho tiempo, han sido la métrica ideal y en estudios diversos se han vuelto, sin duda, la variable central. Es difícil ocultar información de este tipo; más aún cuando se quiere enfatizar la violencia inherente de este tipo de crimen.
Sin embargo, usar los homicidios como métrica es como mirar los murales de Palacio Nacional por el picaporte de alguna de sus oficinas. Podemos ver, de momento, algunos de los detalles que pintó Rivera e identificar, con certeza, un par de sus personajes. Pero, sin duda, nos perdemos de la imagen entera. Algunas historias no basta con contarlas en palabras; para esto, es mejor disponer de una gráfica:

En la figura se muestra el número de homicidios, por año, reportados por el Estado mexicano en tres décadas (entre 1990 y 2020): el primer picaporte para entender al narcotráfico. Al ver la figura podríamos pensar que hubo una erupción en confrontación entre 2007 y 2008, lo cual encaja perfectamente con el inicio de la Guerra contra el narcotráfico encabezada por el presidente Felipe Calderón. Pero esto implicaría que, antes de ello, el narco estaba latente en la sociedad; que operaba en menor escala. O peor: no podíamos detectar, con certeza, su presencia al unirse. Es como si, en ese fragmento del mural que veíamos con confianza, se hubiese fundido el foco que alumbraba y Palacio Nacional hubiera tardado hasta 2008 en cambiarlo.
Pensar que el narco sólo está activo a partir de 2008 es, por supuesto, falaz. Tenemos el picaporte de la historia para probarlo. Desde los años ochenta ya operaba en el país, a gran escala, el Cártel de Guadalajara, bajo el liderazgo de Miguel Ángel Feliz Gallardo. Tras su captura, se formaron los carteles de Tijuana, Juárez y Sinaloa; había drogas por montón en el país. La democracia, inclusive, trajo confrontaciones a la par, no a la misma escala que la Guerra contra el narcotráfico, pero aun así considerables. Cuando llega Vicente Fox a la presidencia —en los años en que la gráfica sugeriría un periodo sin grandes eventos para el crimen organizado— se dan las capturas de Joaquín “El Chapo” Guzmán, del Cártel de Sinaloa, Benjamín Arellano Félix, del Cártel de Tijuana y Osiel Cárdenas Guillén, del Cártel del Golfo. Viendo sólo el número de homicidios creeríamos que, en el sexenio de Fox, no hubo mayor diferencia que sus antecesores priistas. Sin embargo, con esas capturas, es claro que ya iniciaba una confrontación entre Estado y crimen organizado. Es cierto que con Calderón, aumenta considerablemente y los homicidios se vuelven en una métrica ideal para entender al crimen organizado. Pero antes de ello, es difícil usarlos con la misma certeza.
Ante un problema tan grande y un enemigo tan escurridizo, no podemos darnos por satisfechos con una sola métrica. Más aún cuando pensamos lo que esta métrica representa. Yendo a las profundidades de este tema, existe un problema esencial en los homicidios. En definitiva, nos ayudan a saber los lugares donde el crimen organizado se ha salido de control y opera, con violencia, para cumplir sus objetivos —o los lugares donde el gobierno escogió hacerles frente. Pero, si sabemos que el narco busca, a toda costa, estar oculto —si logró hacerlo por años, debe haber un universo de municipios donde opera sin necesidad de la violencia y bajo el manto del anonimato. El narco cae en la violencia, pero no la necesita. Y más importante, no la necesitó previo a 2007 y 2008 en la escala vemos hoy día.
De ahí surge el imperativo de otra perspectiva, de un picaporte adicional para entender los murales que deseamos observar. No basta con ver, solamente, el universo de violencia. Debemos agregar a esta perspectiva la de las operaciones de cada cártel; lo que ocurre cuando no caen en la sed de sangre y, en su lugar, operan sin ataques. No dudo que el gobierno, con sus aparatos de inteligencia, tenga información más concreta sobre el paradero del narcotráfico. Pero, para nosotros desde fuera —sin las llaves que abren palacio nacional— nos queda buscar otro picaporte. Y en estos esfuerzos el decomiso de drogas demuestra ser un aliado ideal.
Hasta hace poco, las cifras sobre decomisos estaban desagregadas entre distintos órganos del Estado. Pero en años recientes se han logrado consolidar en bases de datos concretas que rastrean, con certeza, cada gramo de droga que ha decomisado el Estado mexicano. Junto al laboratorio Poverty, Violence, and Governance de Stanford, trabajé en una versión temprana de estas bases de datos en el año 2019. Poco después, México Unido Contra la Delincuencia, generó una versión aún más completa que utilizo a continuación, nuevamente rastreando los decomisos de droga. Recopilaron las labores de la policía federal, la Secretaría de la Defensa y la Secretaría Marina, lo cual introduce cierto grado de confianza en los datos —para ocultar la presencia del narco, se necesitaría coordinar entre todos los aparatos del Estado. Pero esto es suficiente discusión de momento.
Hagamos, de nuevo, un ejercicio visual. Pongamos, en una gráfica, un punto por cada municipio de México. En el eje horizontal, irán los homicidios de cada municipio; en el vertical, la cantidad de drogas decomisadas en el mismo lugar. Por honestidad académica, separo en paneles las drogas por tipo para observar patrones que podrían ser específicos a cada una. Si los decomisos realmente son distintos como métrica a los homicidios, esperaríamos que nos muestren unos cuantos municipios adicionales donde actúa el narco, pero que también tengan coincidencias. Queremos algo de yuxtaposición entre perspectivas pero que, en conjunto, nos den una vista mayor.

Como muestra la figura, realmente existe una diferencia entre las variables. Es cierto, en muchos municipios —por desgracia— vemos números similares de decomisos y homicidios. De hecho, si hacemos una regresión linear entre las variables, veremos que están correlacionadas (aunque sus coeficientes son siempre pequeños, implicando que un aumento en homicidios resulta en un aumento pequeño en decomisos). Sin embargo, lo importante es notar el patrón de los puntos en estas gráficas hacia los extremos; con muchos valores atípicos que, sobre todo, yacen en puntos inversos para cada variable. Independientemente de la droga, siempre vemos una tendencia innegable. Existen municipios en el cuadrante inferior derecho donde hay muchos homicidios y pocos decomisos y, también, gran cantidad en el cuadrante superior izquierdo donde hay pocos homicidios y muchos decomisos. Con ello, inclusive podemos llegar a ver patrones por cada droga como en la siguiente figura, donde apreciamos que para drogas como la marihuana o la heroína, el número de capturas aumenta con la llegada de Fox y no, meramente, con la Guerra contra el narcotráfico. Aunque otras drogas, como la cocaína, sí aumentan con las acciones de Calderón.

No quiero decir que una métrica es superior a la otra. Al contrario, lo que esto implica es la necesidad de usar ambas variables a la vez. Para apreciar un mural —para contar toda la historia del México reciente— se requiere una vista completa que, nosotros, ante los límites y lo escurridizo que es el narco, recreamos tanto como podemos. Si queremos entender al crimen organizado, tenemos que ver tanto los momentos en los que sus operaciones se salen de control como aquellos en los que opera tranquilamente hasta que el Estado decomisa sus actividades.
Claro que esto es sólo una fracción del total. Por cada kilogramo de droga decomisado, tantos más llegarán a países distantes. Nos queda mucho por observar del mural de nuestra historia. Pero, en reconocer los métodos que tenemos, algo podemos lograr. Nos podemos acercar a una imagen total y a responder aquella pregunta inicial.
Lo esencial es quitar al narcotráfico su aire de misterio y, con ello, tratar de comprender sus actividades a fondo. Entender que, si bien no podemos verlo en todas sus acciones, sí tenemos información para rastrear bastantes. Hay suficientes datos para ir quitando el enigma gradualmente. Ya es mucho el poder que han adquirido como para darles, además, la habilidad del temor latente en que pueden tener a la sociedad mexicana.
Entonces, ¿cómo medir lo que se niega a ser medido? Con muchos esfuerzos, varias variables y un deseo, inquebrantable, de entender el problema al que nos enfrentamos. Este es un principio, pero existirán muchos otros caminos hasta volver a tener, bajo control, la historia de México.
José Luis Sabau
Politólogo y maestro en estudios latinoamericanos por la Universidad de Stanford