Un país sin papás: la orfandad que podemos atribuirle a la violencia

“Si no hay leyes que nos protejan a los niños huérfanos de México ni gobierno de nuestro país para que nos brinden seguridad, entonces vamos a responder con fuego a los sicarios”, dice quien aparenta ser el líder de un escuadrón de niños armados en el video que empezó a circular hace unos 20 días. El video es de Ayahualtempa, Guerrero, una comunidad duramente golpeada por el narco donde niños se han unido a la policía comunitaria. Cuando el líder termina la frase, el resto de los niños, algunos que se ven de 7 u 8 años, disparan sus armas al grito de “hijos de la chingada”.

Ayahualtempa, Guerrero es una comunidad indígena ubicada en José Joaquín de Herrera, un municipio en el centro del estado y al este de Chilpancingo. De acuerdo con el último Censo de Población y Vivienda, en el municipio hay más de 18 000 personas, pero en esa localidad apenas hay 721. En Ayahualtempa el grado de escolaridad promedio es sexto de primaria y casi uno de cada cinco niños de entre 6 y 14 años no asiste a la escuela. En el video, el primer niño en gritar menciona la palabra “huérfano” y con eso cuenta otra parte de la historia. Los niños que ahora forman parte de la policía comunitaria también dicen ser huérfanos de la guerra contra el narco. Entonces lo que vemos en Ayahualtempa podría ser una ventana de lo que ocurre en el resto del país, pero ¿cuántas niñas y niños huérfanos de la guerra hay en México?

Ilustración: Alberto Caudillo

¿Cuántos son?

Aunque gracias al Censo 2020 podemos saber cuántos menores de edad son huérfanos de padre o de madre, los datos que existen no nos permiten conocer a ciencia cierta cuántos menores de edad han perdido a su papá o mamá a manos de la guerra contra el narco. Sin embargo, una manera de aproximarnos a esta cifra es contar a todas las personas en edad reproductiva que han sido asesinadas en los últimos años y preguntarnos cuántos menores huérfanos habría producido su asesinato si ellos fueran padres o madres de un número de hijas e hijos promedio.

A pesar de ser la mayoría de las víctimas de homicidio, un problema adicional es que no podemos saber cuántas hijas e hijos en promedio tienen los hombres en México porque el Censo sólo se lo pregunta a las mujeres.1 No obstante, sabemos que el 67.5 % de las mujeres de 12 o más años tiene un promedio de 1.972 hijos. También sabemos que, de 2007 a la fecha, han asesinado en México a 184 528 hombres y a 15 347 mujeres de 12 años o más con arma de fuego; estas son las muertes que atribuimos a la guerra contra las drogas.

A partir de estos datos podemos presentar cuatro escenarios sobre los menores huérfanos de padre o madre en México. Por ejemplo, si tan sólo el 20 % de los hombres que fueron asesinados en este periodo hubiera tenido las y los hijos promedio que tienen las mujeres, entonces 72 704 de los menores huérfanos de padre que hay en México serían gracias a la guerra contra el narco, o  8.7 %  de los 840 000 menores huérfanos de padre que existen según el Censo.  En cambio, si los hombres asesinados hubieran tenido hijas e hijos en la misma proporción que las mujeres en general (es decir, 67.5 %), entonces 245 376 menores huérfanos podrían atribuirse a la guerra. El 29 % de los menores huérfanos de padre en México. Es decir, más de uno de cada cuatro menores huérfanos de padre lo sería gracias a la violencia. Si el 80 % de estos hombres tuvieran hijas e hijos en las proporciones arriba señaladas, entonces los menores huérfanos de la guerra serían 290 816 y uno de cada tres lo sería por esta causa.

Para las mujeres, los datos son un poco menos dramáticos. Si el 20 % de las mujeres que fueron asesinadas en este periodo tenían el número de hijas e hijos promedio, entonces en México habría 6 047 menores huérfanos de madre gracias a la guerra contra el narco. En México existen alrededor de 232 000 menores huérfanos de madre. Es decir que apenas 2.6 % podrían ser atribuidos a esta causa. No obstante, si las mujeres asesinadas tuvieran hijas e hijos en la misma proporción que las mujeres en general, entonces 20 408 de los menores huérfanos podrían atribuirse a la guerra. El 9 % de los menores huérfanos de madre en México. Y si el 80 % de estas mujeres tuvieran hijas e hijos, entonces poco más de uno de cada diez habrían perdido a su progenitora a manos de la violencia.

Más homicidios y más orfandad

Desde luego esta estimación tiene sus limitaciones y solamente nos puede ofrecer una aproximación a la gravedad del fenómeno. No obstante, existen otros indicios de que en varias regiones del país la orfandad está fuertemente correlacionada con la violencia. Como mencionamos previamente, en México existen alrededor de 840 000 menores huérfanos de padre y 230 000 menores huérfanos. Si bien estas cifras sólo representan cerca del 2.2 % y el 0.60 % de la población menor de edad, respectivamente, esto cambia significativamente por zona del país. El promedio municipal nacional de niñas y niños cuyo papá falleció es de 2.52 %, pero en algunos municipios de Oaxaca, Chihuahua, Sonora, Puebla y Guerrero, el porcentaje alcanza el 9.5 %. En el municipio en el que se encuentra Ayahualtempa, por ejemplo, el porcentaje de niñas y niños huérfanos de padre es 4.16 %, casi el doble que el promedio municipal nacional.

Esta relación es especialmente clara para los menores que han perdido a su padre. De hecho, si colocamos en una gráfica ambas variables, una en el eje horizontal y otra en el eje vertical, veremos que existe una correlación3 (de 0.33 para ser exactos) entre el porcentaje de niñas y niños sin padre en un municipio y su tasa de homicidios de hombres.

Del mismo modo, si vemos la tasa de  niñas y niños huérfanos por estado junto a la tasa de homicidios acumulados desde el año 2000 en cada estado, veremos que los cuatro estados con más niñas y niños sin padre son también los cuatro estados con más homicidios acumulados de hombres: Guerrero, Colima, Chihuahua y Sinaloa. En el caso de las madres la relación no es tan fuerte, pero se mantiene en dos estados también muy afectados por la violencia; Chihuahua y Guerrero. Chihuahua ocupa el primer lugar en homicidios acumulados de mujeres y el cuarto en niñas y niños cuya mamá falleció. Guerrero, en cambio, ocupa el cuarto lugar en tasa acumulada de homicidios de mujeres, pero es el primer estado en tasa de menores huérfanos de madre.

Si seleccionamos aquellos municipios que forman parte de regiones con mucha violencia homicida,4 veremos que suelen tener tasas más altas de niñas y niños huérfanos. La tasa de menores de edad que no tienen papá en zonas de alta incidencia de homicidios de hombres es 46 % más alta que en el resto del país. De igual forma, la tasa de menores de edad sin mamá en zonas de alta incidencia de homicidios de mujeres es 23 % más alta que el promedio.

Lo que pasa cuando pierdes un padre o una madre

De acuerdo con nuestros cálculos iniciales, en México podría haber entre 78 000 y 315 000 menores de edad huérfanos de la guerra, pero ¿por qué además de triste esto es problemático?

Frecuentemente, la orfandad pone a niños y niñas en una situación de vulnerabilidad, aunque el grado de vulnerabilidad puede depender también de otros factores, como su acceso a otras redes de apoyo que las cuiden cuando sus papás no pueden. En un estudio, Vargas e Ibáñez encontraron que en contextos de violencia las niñas, niños y adolescentes se ven obligados a trabajar y asumir responsabilidades de manutención dentro de los grupos familiares cuando pierden un padre. Esto genera deserción escolar, desprotección y desatención y, con lo anterior, la posibilidad de que vivan también explotación laboral, sexual, maltrato y violencia física.

Este efecto puede verse claramente en los datos. Sabemos, por ejemplo, que mientras sólo el 17.4 % de los menores con algún padre vivo abandonó la escuela, el 35% de quienes perdieron a ambos padres lo hizo.

La diferencia es un poco menos pronunciada cuando sólo se pierde un padre. Si comparamos a los menores cuya mamá murió con los menores cuya mamá está viva, veremos que mientras sólo el 17.4 % de los menores cuya mamá vive no asisten a la escuela, el 23.8 % de quienes perdieron a su madre no asisten. Del mismo modo, mientras sólo el 17.3 % de los menores cuyo papá vive no asisten a la escuela, el 22 % de quienes perdieron a su padre no asisten.

Además, mientras sólo el 15% de los hombres adolescentes cuyo papá sigue vivo trabajan como actividad principal, el 23 % cuyo papá falleció lo hace. Del mismo modo, mientras sólo el 8 % de las mujeres adolescentes cuyo papá sigue vivo se dedican a las tareas del hogar como actividad principal, el 13 % de quienes perdieron a su papá se dedica a eso. En este sentido, no sólo notamos las diferencias en las ocupaciones de quienes pierden un padre, sino que las implicaciones son distintas si fue niño o niña quien quedó huérfana.

Algo similar sucede cuando una madre fallece; no obstante, cuando eso pasa, las mujeres adolescentes tienen aún más posibilidad de dedicarse a los trabajos del hogar. El 17 % de las adolescentes cuya mamá falleció tienen como tarea principal las tareas del hogar, mientras que sólo el 8 % cuya mamá vive se dedica a eso principalmente. Es interesante que dentro de los adolescentes hombres que perdieron a su mamá, sólo el 2 % se dedica a tareas del hogar. Si ambos padres fallecen, entonces la situación de las adolescentes termina siendo bastante complicada. Sólo un poco más de la mitad de los adolescentes que perdieron ambos padres siguen estudiando como actividad principal. Casi una de cada cuatro mujeres adolescentes se dedica a las tareas del hogar cuando mueren ambos padres. Casi uno de cada tres adolescentes hombres se dedica a trabajar cuando fallecen ambos.

Además de este efecto tan práctico en la vida de los menores de edad, también hay efectos documentados de perder un padre o madre, por razones de violencia, en la salud mental. Un estudio en Suecia encontró que cuando una niña o niño pierde a su madre a temprana edad a causa de alguna enfermedad, su riesgo de padecer depresión aumenta en proporción relativamente pequeña (19 % para hombres y 15 % para mujeres), pero que cuando la muerte ocurrió por homicidio, suicidio o accidente las repercusiones fueron mucho más frecuentes. Cuando eso sucede, el riesgo de hospitalización por depresión aumentó 223 % en los hombres y en las mujeres 79 %. El estudio también encontró que entre más jóvenes eran los menores, más fuerte era el efecto. Otro estudio de Estados Unidos encontró que la muerte de un padre duplica el riesgo de depresión en la vida adulta. Los autores le atribuyen esto precisamente a lo que vemos en los datos: al estrés financiero que complica la aceptación de la pérdida.

César Galicia, psicólogo y sexólogo, lo explica así: “Lo que sucede es que gran parte del desarrollo de tu sistema cerebral de regulación de estrés tiene que ver con qué tan seguro fue tu ambiente en la infancia. Un niño o una niña que pierde un padre por un acontecimiento violento, de entrada, quedará marcado por la pérdida súbita y la sensación de abandono, pero además, nadie pierde un padre por un acontecimiento violento y el resto de su vida permanece bien. Generalmente es un acontecimiento que trastoca todas sus dimensiones sociales. Debido a esto, no podrá desarrollar un cerebro que pueda permitirse sentir tranquilidad o bienestar y permanecerá en un estado constante de alerta y estrés, lo que acabará impactando todas sus emociones, sus sistemas fisiológicos y su forma de ver el mundo. Por eso se considera que perder a un padre es uno de los factores con más peso y mejores predictores de problemas de salud mental en la vida adulta”.

Sobre el efecto de la violencia en la salud mental, Galicia apunta “Desde una perspectiva de salud mental, como sociedad estás creando a un montón de niños y niñas que no adquieren las herramientas emocionales suficientes para la autorregulación, tranquilidad, buenas relaciones, etc, lo que facilita que deriven en cuestiones de violencia de pareja, de género, alcoholismo, consumo compulsivo de sustancias e incluso en factores de salud física como consecuencia de ese estado constante de estrés. Es un caldo de cultivo para mantener a toda esta gente en la miseria y en la violencia”.

Un problema público sin atención

Si bien México cuenta con un sistema dedicado a proteger los derechos de niñas y niños, no hay muchos indicios de que se estén llevando a cabo suficientes acciones para atender a quienes han perdido a sus padres por la violencia. El 30 de abril de 2019, en la Sesión del Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes (Sipinna), se acordaron siete acciones generales para garantizar los derechos de niñas, niños y adolescentes víctimas de violencia asociada con el crimen organizado durante la administración 2019-2024. Sin embargo, un estudio de la CNDH encontró que este plan carece de estrategias integrales para la atención de las infancias y las y los jóvenes víctimas de violencia asociada con el crimen organizado. Las acciones se limitan a mecanismos de asistencia económica, y los ejes sobre la construcción de la paz, la reformulación del combate a las drogas y el respeto a los derechos humanos son genéricos y no incorporan una perspectiva de derechos de niñas, niños y adolescentes. Las acciones se quedan cortas ante el tamaño del problema. En México tampoco existe suficiente información sobre las estrategias que los albergues, que muchas veces acogen a los menores, emprenden para atender esta problemática.

Cuando los niños de Ayahualtempa Guerrero deciden tomar las armas, organizarse y unirse a la policía comunitaria, no debemos ver sólo niños armados (lo que ya es bastante grave), sino un entramado social trastocado que los termina involucrando en la crisis de violencia.  Al perder a sus padres y madres en contextos violentos, se le arrebata también un tejido social capaz de proporcionar el cuidado y los entornos propicios para su salud emocional, su óptimo desarrollo y la creación de redes de las que puedan hacer uso en su juventud y su adultez.

Como país no hemos terminado de entender las repercusiones que la crisis de violencia ha tenido en las infancias y que, por ende, tendrá en nuestro futuro. Los menores huérfanos de hoy serán, muy posiblemente, adultos rotos mañana. En la medida en que entendamos hasta dónde nos ha dañado la violencia podremos entender su complejidad y la necesidad de diseñar políticas públicas igual de complejas que nos permitan salir de este infierno.

 

Georgina Jiménez y Tania Briseño

Nota metodológica
Todos los scripts para replicar este análisis se encuentran en esta carpeta.


1 #Patriarcado.

2 Este dato es de 2020, pero el promedio de hijos por mujer ha disminuido desde el año 2000 por lo que al utilizarlo hicimos una estimación conservadora.

3 Hicimos una correlación de Spearman por considerarla más apropiada dada la distribución de la variable.

4 Municipios que tienen tasas de homicidios mayores a la media nacional y cuyos municipios aledaños también tienen tasas de homicidios mayores a la media nacional.

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Publicado en: Hallazgos

Un comentario en “Un país sin papás: la orfandad que podemos atribuirle a la violencia

  1. La realidad rebasa lo que sabemos de la violencia, su artículo me parece muy bien documentado e interesante, ameno, ágil, me gustó mucho, aunque el tema es triste y nos atañe a todos, desgraciadamente es poco lo que como sociedad podemos hacer, el estar informados es bueno para entender la problemática que vivimos actualmente con la violencia. Felicidades sigan adelante, hace falta mujeres valientes e inteligentes como ustedes!!

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