En 1686, el Marqués de Vauban, un ingeniero militar francés, le proponía Luis XIV, Rey de Francia, una idea temeraria: un censo nacional:
¿No sería una gran satisfacción para el rey conocer en un momento dado, cada año, el número de sus súbditos, en total y por región, con todos los recursos, toda la riqueza y pobreza de cada lugar; [la cantidad] de personas en la nobleza y eclesiásticos de todo tipo, hombres de la túnica, católicos y aquellos de otra religión, todos separados de acuerdo a su lugar de residencia? … ¿[Acaso no sería] útil y un placer necesario para él poder, desde su propia oficina, revisar en una hora las condiciones presentes y pasadas del gran reino que encabeza, y poder él mismo conocer con certeza en qué consiste su grandeza, su riqueza y sus fortalezas?1
Aunque la idea de los censos no nace en ese periodo, ni Francia fue la primera sociedad en plantearse la necesidad de estos ejercicios, en realidad la anécdota es curiosa y fructífera porque unas cuántas líneas logran proyectar una idea fundamental: sin censo no hay Estado.
La idea es tan obvia que fácilmente pasa desapercibida. Apela a la tarea más básica de cualquier noción de Estado: conocer a la población que ocupa el territorio y conocer el territorio en donde se encuentra la población en un momento determinado. Se trata de una forma de leer las sociedades. Como es de esperarse, este impulso por hacer legible a cualquier población se ha ido complejizando con el paso del tiempo. El surgimiento de distintos tipos de Estado, sus aparatos burocráticos, las necesidades de la población, la aparición de nuevos derechos, entre otros, ha derivado en diversos esfuerzos y alcances de lectura.

Procurar “legibilidad” de una población básicamente significa una forma en la cual una población puede ser leída de manera sucinta. Implica, en cierta forma, un proceso de estandarización, al menos en los aspectos que se tiene interés. En realidad, todo es ilegible sin la existencia de categorías, homogeneización y registros. Aunque los primeros ejercicios se enfocaron a los “recursos naturales”, no pasó mucho tiempo para que se volcaran hacia dos temas primordiales: la leva y los impuestos. Para el primer caso, resultaba vital saber cuántos varones existían en una determinada región en caso de expediciones militares. Los censos, en este sentido, retrataban el poder de conquista posible. Por su parte, los impuestos hicieron uso de mapas catastrales por ser la única forma para poder aproximarse a la contribución correspondiente de cada persona. De este modo se conocía y documentaba cuán grande era la tierra y cómo estaba distribuida. Dichos mapas significaron un tremendo avance porque no sólo se plasmaba los límites geográficos del reino quedando registrada la repartición de la tierra sino además lograba vincular el nombre de una persona a ese pedazo de tierra. Y mejor aún, introducían herramientas métricas que, con el tiempo, uniformaron la concepción del espacio y todo tipo de relaciones.
Los ejercicios censales (procesos de lectura) son de vital importancia porque hacen al Estado, le dan cuerpo, lo forman. Resultan un espejo mediante el cual cobra consciencia de su existencia, de su diversidad y de sus alcances. Lo solidifica hacia el interior y, al mismo tiempo, lo proyecta hacia afuera, lo dimensiona respecto a otras sociedades. Es un reflejo de sí mismo. Al censarse, no sólo la noción misma del Estado se cimenta sino además el mero ejercicio censal le genera habilidades propias. La meta y el objetivo son útiles pues robustecen capacidades. Un censo acuerpa el Estado.
La idea de leer a la población enfrenta dos obstáculos principales: uno, un “Estado miope” y dos, “una población borrosa”. Un Estado miope significa la ausencia de las capacidades necesarias desarrolladas para lograr alcanzar a toda su población. El nulo desarrollo de las competencias requeridas es un impedimento para que el Estado logre una fotografía precisa de su población en un determinado momento. Esta incompetencia puede ocurrir por un inadecuado manejo de los registros administrativos, por la ausencia de habilidades técnicas para realizar el proceso de la información, por la inoperancia de las categorías pensadas para leer la población, entre otros. Por su parte, una población borrosa implica la existencia de características que resultan difíciles de capturar. Esto es, una población cuyos atributos resultan tan atípicos que el proceso de lectura no logra recoger sus particularidades. Al mismo tiempo, se convive con una población que deliberadamente decide esquivar o, en la medida de lo posible, evitar el contacto con el Estado por diversas razones. La relación entre aquellos dos obstáculos resulta crucial. Una población borrosa con un Estado miope, por ejemplo, muy probablemente obtendrá resultados poco confiables.
Aunque las resistencias a estos procesos han sido afanosas, se han ido modificando paulatinamente al revelarse otros alcances. Con el advenimiento de los Estados de Bienestar, por ejemplo, la necesidad y disposición de la población de ser leída se modificó. Si inicialmente la leva y los impuestos generaban un rechazo casi instintivo, la posibilidad de acceder a derechos sociales, por el contrario, significó un giro positivo. El derecho a los servicios de salud, el derecho a la educación, la vivienda, la política social, entre otros, dotaron un sentido distinto. Lo que inicialmente era un ejercicio para conocer la fuerza bruta y la riqueza disponible, ahora implicaba el acceso al bienestar y derechos. Hoy en día, todos los Estados del mundo cuentan con formas de leer a su población de manera concisa e inmediata y, al mismo tiempo, la población en la búsqueda de ejercer sus derechos está dispuesta a dejarse leer. Una simbiosis benéfica.
La asignación de un número único para cada habitante de un país, una clave de acceso a la seguridad social por persona, un número que determine una zona geográfica para recibir cartas o paquetes, la posibilidad de heredar bienes, una cartilla de vacunación personalizada, un acta de nacimiento que encarna el derecho a la identidad, una clave única para contribuir fiscalmente acorde a sus necesidades son dignos ejemplos de leer a la población.
Hoy en día, cada país realiza sus censos (y encuestas) en función de sus capacidades administrativas, tipo de territorio y demás particularidades de su población. Hay unos que hacen uso de los servicios postales, hay otros que recurren al rastreo de las líneas telefónicas, otros de la conexión de internet. Existen ejemplos donde funciona relativamente bien el autorreporte mientras que en otros (como el caso mexicano) el despliegue humano territorial para recabar información sigue siendo imprescindible. En todo caso, resulta evidente que mientras más diversa sea una población y mientras más derechos se exijan, mayor tendrá que ser la capacidad del Estado para poder leerla.
Por cierto, el primer censo francés sucedió en 1694, ocho años después de la propuesta de Marqués de Vauban. Sin saberlo, estaban salivando por un Inegi.
Rubén Reséndiz
UNAM y CIDE
1 Scott, C. J. Seeing like a state, Yale University Press, 1998, p. 11.