Patología del fentanilo: entendiendo la enfermedad

El fentanilo ya ganó. Sería absurdo negar su victoria o ignorar las señales que existían, desde un principio, de su inevitable ascenso. Las drogas de antes —cocaína, marihuana, metanfetamina— van desfilando hacia su perdición. No porque el mundo las ignore ni porque el crimen decida frenarlas, sino porque fuerzas mayores las condenarán a la derrota. Se enfrentan al poder de la razón y la lógica que rige, cruelmente, el crimen organizado. Al llegar al mundo un rival más fuerte, económico y compacto, no queda más alternativa que el cambio mismo. Mientras más rápido seamos capaces de reconocerlo, más eficaces seremos en entender su triunfo y sus enseñanzas para combatirlo.

Pero antes de entrar al mundo abismal que marcaba desde antes el alza del fentanilo, es importante reconocer dos factores esenciales para esta discusión. El primero es general y turba, en gran medida, toda posibilidad de discusión. Pocas veces hemos visto, dentro de México mismo, que una droga ocupe el espacio tan claro que hoy día tiene el fentanilo en nuestra psique. La cocaína en los noventa quizá tuvo un papel similar —y viene de la misma lógica que, eventualmente, he de presentar—, pero es difícil pensar en un paralelo con la presencia tan constante que vemos del fentanilo en los medios o discusiones de carácter internacional. Podemos nombrar, por ejemplo, los diálogos que se han dado entre el presidente López Obrador con Joe Biden sobre el tráfico de la droga, o el intercambio de cartas con el gobierno chino tratando de reducir el transporte de sus compuestos. Pero el fentanilo es, inclusive, un tema de conversación generalizado. Para ello podemos examinar una métrica inicial: el índice de búsquedas en Google de palabras relacionadas al fentanilo contra la que antes era la droga principal del mundo criminal: la cocaína. Como muestra la gráfica a continuación, a principios de la década y en los años anteriores, el fentanilo era un tema de discusión moderado aunque siempre por debajo de la cocaína.1 En los últimos años ha visto picos enormes de popularidad y ha rebasado a la que antes era su rival.

Esto lo menciono porque, ante tantas imágenes populares del fentanilo, nos será difícil desvincular el mito de la droga con su realidad. Es este el segundo punto que destacar. Aunque el fentanilo se ha vuelto el gran demonio bajo la cama de México, no es más que una droga que se rige por las mismas leyes que sus predecesoras. Es fácil —muy fácil— decirnos que el fentanilo es distinto a las demás drogas y es una anomalía en la historia del narcotráfico. Pensar que su llegada fue un golpe externo que modificó el patrón por completo, dejando a un pobre México desamparado ante las fauces de un fuerte narcótico. En realidad, es todo lo contrario. Su llegada es un cambio que demuestra, sorpresivamente, la naturaleza racional del crimen organizado más que una aberración. Si el fentanilo está hoy por hoy en la cima, es porque las condiciones existentes lo permitieron y su propia estructura lo hizo propicio para ello. Tenemos que quitarnos la idea falaz de que el narco está fuera de nuestra comprensión. Existe, en esta historia, un sinfín de razones.

Si hemos de caracterizar el fentanilo como algo, es una bacteria que, dentro de México, se ha ido replicando para desestabilizar nuestro ecosistema interno. No es un hechizo ni una maldición, es un padecimiento como cualquier otro. Desde antes estábamos enfermos con una letanía de otros problemas anudados al narcotráfico, todos hermanos entre sí. El fentanilo es solamente el más reciente de estos males y, para entenderlo, basta con hacer lo mismo que cualquier doctor: estudiar la bacteria en espera de encontrar su remedio.

No quiero, con todo lo anterior, minimizar la crisis que vivimos. Si algo es cierto es que el crimen organizado se está adentrando en una nueva época. Con pastillas discretas, sin encanto alguno, se ha modificado por completo la estructura criminal de América del Norte y, de la mano, destrozado la salud de México. Pero tampoco es para pensar que carece de lógica este fenómeno. El fentanilo es una fuerza económica como antes lo fue la metanfetamina y, antes de ello, la misma cocaína. Nos toca, ahora, entender los motivos como un fármaco estudiaría un virus.

Ilustración: Patricio Betteo

Anatomía del fentanilo

Nadie decidió, esporádicamente, hacer del fentanilo el rey del narcotráfico. Aunque el crimen organizado, ciertamente, es una estructura opaca que opera entre tinieblas para evadir la regulación, no es un poder maquiavélico capaz de negociar entre sí cuál será la droga del año. Al contrario, existe evidencia de que los narcos son enemigos entre sí: tanto en el estudio de las rivalidades de grupos delictivos, como en la astronómica cifra de muertos por disputas entre distintos grupos delictivos. Sería, por ello, sumamente errado pensar que el narcotráfico se organizó para traernos al momento actual con el triunfo de una droga sintética por sobre las demás. Entonces, si el fentanilo es la sustancia del momento es por alguna característica que logró sincronizar las decisiones de tantos grupos dispares y cambiar, de golpe, el mundo del narcotráfico. Si queremos entender su prominencia, habría que descubrir cuál fue dicho factor que todos los narcos lograron observar. Regresando a la metáfora inicial, para entender nuestra enfermedad, necesitamos la anatomía de nuestra bacteria.

Si tuviéramos que definir al fentanilo en una sola palabra, probablemente debería ser eficiente. Con cantidades diminutas es capaz de un enorme efecto: necesita apenas 2 miligramos para garantizar la muerte de una persona. Esto tampoco fue un accidente; fue parte de su diseño. Todos los problemas que tenemos hoy en día por el fentanilo, se remontan a su concepción y la esperanza de mejorar el sistema médico global. La idea inicial se dio en Bélgica durante los años sesenta, cuando un científico de nombre Paul Janssen sintetizó el compuesto que hoy conocemos como fentanilo, buscando crear alternativas económicas a la heroína. Desde un punto de vista clínico, fue todo un éxito. El fentanilo es, en promedio,cincuenta veces más potente que la heroína y cien veces más fuerte que la morfina manteniendo el mismo efecto. Esto implica que es una droga sumamente compacta; con una fracción mucho menor del fármaco se consigue el mismo efecto anelgésico que el de sus contrapartes más tradicionales. Una idea que funciona, por lo menos en teoría, para reducir la dependencia en la heroína y recortar gastos.

El grave problema es que, así como se requieren cantidades reducidas de fentanilo para el uso clínico, también se vuelve un arma peligrosa en manos equivocadas. Como tiene un efecto tan potente con cantidades tan escasas, el fentanilo es un sustituto indiscutible para otras drogas sintéticas a una fracción del costo (sobre todo de los opioides sintéticos y la metanfetamina). Esto sin mencionar que, en muchos casos, el fentanilo se usa como un aditivo, no como la droga final. Es decir, permite a un productor de narcóticos reducir la calidad de alguna droga —dígase metanfetamina o cualquier opioide sintético— y mantener el efecto deseado al incluir dosis milimétricas de fentanilo. Pero, a su vez, implica que el riesgo de causarle la muerte al usuario se vuelve considerablemente mayor. Como he mencionado, la dosis letal mínima del fentanilo es de tan solo 2 miligramos, lo cual es una cantidad tan diminuta que usualmente, para expresarla, se colocan un par de cristales minúsculos junto a una moneda de un centavo. Un movimiento en falso o un descuido puede quitarle la vida al consumidor.

Para entender esta cifra en contraste con otras drogas, suele usarse una medida denominada toxicidad, la cual mide la relación entre la dosis media para matar a una persona (dosis letal) y la dosis media para causar un efecto en la persona. No tenemos reglas establecidas para la gran mayoría de sustancias; la dosis necesaria para que surtan efectos cambiará de acuerdo con su calidad y las dimensiones del usuario. Pero, en general, tenemos ciertas estimaciones sobre las dosis con mayor probabilidad de surtir efecto. De ahí surge la toxicidad, misma que se expresa como la fracción de una dosis letal que equivale a la dosis mínima para hacer un efecto. Para la ketamina, por ejemplo, es del 2.6 %, lo cual indica que un 2.6 % de la dosis letal se necesita para hacer un efecto, por lo cual se tendría que consumir más de 38 veces la dosis mínima para garantizar la muerte. El fentanilo, por su parte, tiene una toxicidad sumamente elevada de 25 %; tendrías que consumir cuatro veces la dosis mínima para morir. Cuando recordamos, también, que 2 miligramos es suficiente para matar a una persona y nos percatamos que la dosis para producir un efecto es de 0.5 miligramos, surge un margen de error sumamente estrecho.

A esto se agrega que, en años recientes, el mercado internacional de narcóticos ha generado una demanda considerable de drogas sintéticas además de la demanda existente para otras como la marihuana o la cocaína. Como muestran las gráficas a continuación, los decomisos de heroína y metanfetamina en México son un fenómeno relativamente moderno, que aumentó considerablemente en 2008 y llegó a picos en 2018 y 2019 —con un pico anterior en 2011 para la heroína—. En gran parte, esto se debe al aumento desmedido de consumo en Estados Unidos, vinculado con la mercadotecnia agresiva de la empresa Purdue Pharma que empujó a que miles de personas consumieran opioides sintéticos y se volvieran adictos a la sustancia. Sólo entre 1991 y 2021, se estima que 645 000 estadunidenses fallecieron de una sobredosis generada por el consumo de estas sustancias.

Pero el consumo estadunidense, por sí solo, no explica por qué el fentanilo sería la droga predilecta del crimen organizado. Es más, como muestran las gráficas anteriores, hubo cierta disposición inicial por otras alternativas sintéticas. Para entender el triunfo del fentanilo hemos de regresar a su anatomía y entender que esa misma eficiencia que lo hizo tan atractivo para el mundo farmacéutico le da un valor agregado para el narcotráfico.

En pocas palabras, todo se resume en entender el narcotráfico como un modelo de negocios. Un capo de la droga, de manera muy sencilla, se dedica a la manufactura de un producto —sustancias ilícitas— y su transporte a un mercado de consumidores —en este caso, moviendo droga de América Latina a EE. UU. Como es un mercado riesgoso y todo el que participe de él podría terminar en prisión por sus acciones —o muerto en alguna redada o en manos de un grupo rival—, se cobran cifras exorbitantes por el transporte de droga. Pero el negocio, a final de cuentas, es el de producir sustancias y transportarlas.

El narco, por todo lo anterior, busca generar la mayor cantidad de dinero por viaje para exponerse al menor riesgo posible —al menos en teoría. De ahí que si una droga es económicamente más compacta —es decir, que por un mismo peso genere mayores ingresos— el narco preferirá traficarla por sobre una alternativa menos eficiente. Usualmente, esta es la lógica con la cual se explica el aumento considerable en tráfico de cocaína a finales del siglo pasado en contraste con drogas como la marihuana o la goma de opio. Se estima que un kilo de marihuana, por ejemplo, puede llegar a venderse por unos 4444 dólares en las calles de Estados Unidos (considerando estados donde la droga aún no ha sido legalizada). Un kilo de cocaína, por su parte, tiene un precio promedio de 29 000 dólares —6.5 veces el valor por el mismo peso— (ambas cifras de la Oficina de la ONU para Drogas y Crímen).2 Si a eso le agregamos que la cocaína, por lo general, ocupa un espacio similar que el de la marihuana, una camioneta que cargue solamente cocaína será 6.5 veces más rentable que una que cargue solamente marihuana. Claro que, para ello, debe haber un mercado dispuesto a pagar por el tráfico de cocaína, tal y como se vio en los años ochenta y noventa.

Los tiempos modernos —en gran parte como resultado de la crisis de los opioides en EE. UU.— han creado un mercado para las drogas sintéticas, donde, inevitablemente, veremos el mismo proceso y, la teoría nos indicaría, el fentanilo tiene todas las de ganar. Basta con ver las cifras de costos que, si bien son sólo estimados, son la mejor aproximación que tenemos para entender este mercado ilícito. Sabemos que, en el mercado estadunidense, el precio promedio por un kilo de heroína es de 210 000 dólares; siendo la dosis efectiva de, aproximadamente, 12 mg, un kilo equivaldría a 83 333 dosis. El fentanilo, como recordamos, llega a ser hasta cincuenta veces más efectivo que la heroína pero, con ello, no podemos estimar justamente su precio. Pero sí podemos conseguir un aproximado de manera rápida. Sabemos, con base en datos de la DEA, que la mayoría de tabletas que han llegado a confiscar dentro de EE. UU. —el mercado ideal— rondan alrededor de los 2.2 mg (un dato perturbador ya que 2 mg es la dosis letal para cualquier ser humano). Con base en lo anterior, de un kilo de fentanilo se pueden conseguir hasta 454 545 tabletas con la dosis promedio observada.

El precio de una pastilla de fentanilo es difícil de estimar. Algunos trabajos periodisticos han reportado precios tan bajos como 50 centavos de dólar, mientras que el gobierno australiano en un estudio meticuloso de ventas en mercados negros digitales, estimó un precio promedio de 99 dólares australianos por gramo (unos 67.77 dólares por gramo o 149.09 dólares por tableta). La ONU, por su parte, en el último registro de su reporte anual sobre drogas y crimen, ofreció un precio mínimo de 2 dólares y máximo de 60 dólares, sin brindar datos sobre su distribución. Es razonable tomar el promedio de este último dato como punto de partida y asumir un precio promedio de 31 dólares.

Con base en lo anterior obtendremos una cifra astronómica de 14 090 895 dólares por kilo, que, como muestra la gráfica a continuación, sería 67 veces más rentable que la heroína y 485 veces más rentable que la cocaína. Aun si tomamos como precio el mínimo de 50 centavos, obtendríamos que un kilo de fentanilo puede llegar a venderse por 227 272.5 dólares —ligeramente mayor rendimiento que la heroína tomando el precio más bajo posible. A esto hay que agregar que el costo de producción, en su mayoría usando precursores químicos importados de China, puede ser tan bajo como 800 dólares por un kilo, como se reveló en la acusación del gobierno estadunidense contra los hijos de Joaquín “el Chapo” Guzmán, conocidos como “Los Chapitos”.3

¿Por qué, nos preguntamos, el fentanilo es la droga del momento? Porque tiene toda la lógica posible. El narcotráfico es un actor económico que quiere conseguir más capital con menos costos. Teniendo riesgos elevados y escasas oportunidades de triunfo, es más razonable enfocar recursos en una droga tan rentable como el fentanilo a otras que, anteriormente, ofrecían márgenes desproporcionados pero que, ahora, han sido opacadas.

No es que el fentanilo esté ganando, es que siempre tuvo las de ganar.

 

José Luis Sabau
Politólogo y maestro en estudios latinoamericanos por la Universidad de Stanford


Los números representan el interés de búsqueda en relación con el valor máximo de la lista correspondiente a la región y el período especificados. El valor 100 indica la popularidad máxima del término, 50 implica la mitad de popularidad, y 0 significa que no hubo suficientes datos para este término."

No quiero sugerir que sean drogas sustitutas —en realidad son bastante opuestas—, pero sí fueron, en su momento, las principales sustancias traficadas por grupos delictivos en México

Los cálculos para este estimado son propios utilizando dos fuentes. Primero, el reporte anual sobre drogas y crimen de la UNODC y sus estimados sobre el precio de las drogas. Segundo, datos de la DEA del tamaño promedio de pastillas decomisadas de Fentanilo.

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Publicado en: Contexto