Esta es la última parte de una serie de ensayos que examinan el impacto del fentanilo en México. En entregas anteriores, se discutió el incentivo económico por traficar fentanilo, el aumento en decomisos en años recientes y la alarmante extensión territorial que ha tomado. En conjunto, estos cuatro ensayos representan la historia del fentanilo visto como enfermedad, desde su patología y su progreso hasta lo que parece ser la alarmante señal de una metástasis: el consumo.
Patología
El fentanilo es un virus voraz. No hay mejor adjetivo para describirlo. Donde sea que pase, se arraiga profundamente hasta que, en un abrir y cerrar de ojos, la sociedad en que reside ha cambiado por completo. Los narcotraficantes, entienden los beneficios, ponen sus miradas sobre este mundo de sintéticos, y la gente queda adicta a una sustancia que, con sólo dos miligramos, les asegura la muerte. Así, en menos de una década, países enteros pasan de lo pleno a la barbarie. Y hoy México ya muestra los primeros síntomas.

Hasta ahora, en esta patología, nos hemos enfocado en un solo tipo de presas para el fentanilo: los narcos. Hemos visto que, como un virus, usa artimañas astutas para engañar a las defensas de nuestro cuerpo. En este caso, más real, usa un poderoso incentivo económico. Mientras que un kilo de cocaína puede venderse por unos 29 000 dólares, uno de fentanilo puede llegar a valer hasta 14 millones. Más aún: al considerar que el fentanilo no tiene que venderse por cuenta propia, puede usarse, en su lugar, para subir la potencia de drogas rebajadas, cobrando más por ellas y, a su vez, aumentando los ingresos del mundo criminal. No es sorpresa, entonces, que sólo entre 2015 y 2021 los decomisos de esta droga pasaran de 15.9 kilos a unos sorprendentes 664 kilos al año. Era inevitable: los narcotraficantes, en busca de mejores retornos, cayeron presa de las estrategias del fentanilo.
Ahora, sin embargo, toca darle espacio a otra víctima de este narcótico —tan cruel que mira a todos lados en busca de su víctima. En este caso, la ciudadanía es la víctima de esa ambición desmedida. Muchos de sus miembros, sin percatarse, consumen fentanilo en otras drogas que adquieren, de igual manera, entre las tinieblas de un mercado desregulado y prohibido. Una parte considerable descubre el peligro de esta droga: sólo dos miligramos —una cantidad que, en tamaño, es mucho menor que una moneda de un centavo— basta para quitarle la vida a sus consumidores.
El caso más claro de este patrón tan drástico de aumento viene de Estados Unidos, sin duda el epicentro del consumo global. Afortunadamente, nuestro vecino al norte cuenta con cifras transparentes sobre consumo y sobredosis de fentanilo. Mismas que nos indican un patrón sombrío. Entre 1999 y 2022, 23 escasos años, el número de sobredosis por fentanilo se disparó de 730 a 73 838. En el lapso que una persona, habitualmente, termina su educación formal, desde preescolar hasta la universidad, en Estados Unidos el número de muertes por fentanilo aumentó cien veces.

Pero no sólo es nuestro vecino. El fentanilo, en su paso tan ambicioso por expandirse, es como toda criatura. Busca llegar a todos los espacios; busca tomar todos los cuerpos que pueda. Y México, tan convencido de su excepcionalismo en el mundo de las drogas, no será la excepción de esta ambición. Por años, el país se ha calmado con un cuento sencillo: nuestro país no es de consumidores, sólo somos productores. Los que consumen, nos decíamos, son claramente otros. Ahora nos toca reconocer que, en verdad, bien podríamos ser nosotros.
La evidencia es escasa. Después de todo, nos hemos dicho tantas veces que no consumimos drogas que, ¿para qué medirlo? Sin embargo, los puntos contados de información que sí tenemos, ya indican un aumento colosal en consumo.
El argumento más claro, sin duda alguna, viene de las cifras del Observatorio Mexicano de Salud Mental y Adicciones que, año con año, reporta las llamadas de atención que recibe por cada narcótico. En años recientes, ha incluido en sus reportes un apartado de fentanilo, que ya muestra un aumento considerable en llamadas en busca de apoyo. En 2013, por ejemplo, se registraron tan sólo cinco llamadas de ayuda al Observatorio. Para 2023 ese número había subido a 518 —cien veces más que hace una década. El patrón es similar al estadunidense, pero en menor tamaño. Claro, aún es temprano, pero en Estados Unidos hubo años con cientos de sobredosis antes de que saltaran a las decenas de miles.

El problema es que el fentanilo apenas está comenzando y, a diferencia de otras drogas, que entraban al mercado mexicano sin clara ventaja, va a jugar de local. No porque haya hecho reconocimiento o porque los narcos estén buscando un camino sencillo para su venta. Más bien porque, sin que lo discutamos, en México ha habido un cambio masivo en el consumo de estupefacientes.
Veamos, de nuevo, las cifras del Observatorio Mexicano de Salud Mental y Adicciones. Pero ahora enfoquémonos en su componente territorial. Es decir, cuál es la droga que, en cada estado, es el mayor motivo de llamadas pidiendo ayuda al observatorio. En 2013, a lo largo del país, dominaban las llamadas por alcohol, que por mucho era la droga de mayor extensión. Sin embargo, en segundo lugar, ya se distinguía un nuevo rival: las drogas sintéticas (o ETAs). En esos años, dichos narcóticos ya eran el principal motivo de llamadas en el noroeste de la nación —coincidentemente, el mismo lugar donde, para 2015, comenzamos a ver decomisos de fentanilo, resultado de contrabando de China—. En 2017, cuando los decomisos de fentanilo aún eran escasos, las drogas sintéticas se mantuvieron estables mientras la marihuana expandió su control sutilmente sobre el alcohol. Sin embargo, para 2022, el patrón se había expandido a la nación entera: en veintidós estados las drogas sintéticas superaban a la marihuana y al alcohol como motivo de llamadas de atención.

Desconocemos, claro, el porcentaje de cada estado individual —el Observatorio Mexicano sólo reporta, por medio de mapas, la causa principal de llamadas por estado—; también el número real de consumo, pues sólo contamos con los estimados aquí mencionados. Sin embargo, esto que vemos, junto con el aumento tan drástico de consumo de fentanilo, pinta una señal peligrosa. El virus de esta nueva droga entra a un país donde el consumo de otras drogas sintéticas ya está por todos lados. Por algo, en un lapso tan corto, las llamadas brincaron de cinco a 518. ¿Dónde acabaremos en 2028? ¿Y luego, en 2038?
Las drogas de antes han muerto; larga vida al fentanilo. México se enfrenta al mayor rival que ha conocido. Le toca afrontar la realidad que un país de productores, cada vez más, se acostumbra al consumo. Y que, en verdad, la mancha que ve sobre su brazo, es motivo suficiente para recibir atención médica; para pedir, a su vez, un diagnóstico certero. En unos años, veremos si nuestro paciente —nuestro país— tomó medicamentos y batalló contra el virus o si, en su lugar, se dejó llevar por una lenta y decadente metástasis de consumo indefinido.
José Luis Sabau
Politólogo y maestro en estudios latinoamericanos por la Universidad de Stanford
Las drogas sintéticas se les suelen dar a los trabajadores del campo, en México y EEUU, para que soporten las largas jornadas.