“Mi impresión es que el tráfico de drogas es un problema que se le salió de las manos a la humanidad”.
—Gabriel García Márquez
La impotencia se nos hizo hábito. Nos hemos acostumbrado, en México, a no saber actuar, a no poder hacer cosa alguna en este país. Abrimos los periódicos y leemos, atentamente, sobre las tragedias que azotan todos nuestros estados. No hay más que llorar. La violencia se ha vuelto norma y el narco, parte de nuestra realidad. Una rutina fatídica. Todo para que, cada mañana, sentados en la sala o comedor, escuchemos noticias de capturas y homicidios sin poder hacer gran cosa. Cerramos, quizá, los ojos en señal de frustración; unos darán voz a alguna maldición acostumbrada. A todos nos llega una misma pregunta: “¿Cómo llegamos aquí?”.
No fue por accidente; nuestro sendero es uno de mucha razón. Sólo que, en él, importamos poco como pueblo. En lugar de preguntarnos con frustración cómo acabamos aquí, deberíamos cuestionarnos quiénes fueron los que nos trajeron. Ellos, a su manera, actuaron con razón para darnos este destino sangriento. Ese es el descubrimiento crucial. Otros están jugando con el futuro de México. Nosotros solamente observamos y, al hacerlo, le damos a la impotencia esa nueva definición: la de algo intrínseco al mexicano. Cuando nos queda sólo esta cruel sensación es precisamente por no ser parte de la acción. Y, para comprenderla, hemos de ir descifrándola en sus detalles. Tenemos que entender, con lógica, lo que, como ajenos, nos parece irracional.
Hemos de descifrar el juego del narco con el gobierno.
Lo que sigue es, precisamente, mi intento de lograrlo, usando eso que los economistas llaman teoría de juegos y que, todos los demás, llamamos la razón. Hace ya unos años me hice las mismas preguntas y, explorando a detalle la historia del narco, fui viendo la lógica que antes estaba oculta. Pienso que, al entender el fenómeno y su pasado —al concederle el uso de la razón—, encontraremos la verdadera clave para adentrarnos en la impotencia. Todo ello para decir que, en este ensayo, omití el diseño formal de juegos a los que los economistas están acostumbrados. Dicho modelo existe; lo escribí como parte de mi tesis, y felizmente lo comparto. Pero lo importante ahora es hacer intuitivo lo que tanto nos ha evadido. Usaré un par de tecnicismos —después de todo, la palabra equilibrio está en el título de este ensayo—, aunque, espero, podré darle un aire razonable a la economía. Si para explicar la sinrazón se requiere algo igual de complejo, me temo que nunca saldremos de este laberinto de impotencia. Y ya es hora de escapar.

I. Juego temprano
Para contar esta historia, necesitamos tomar dos pasos. El primero es apreciar que, en la vida, tenemos equilibrios. No quiero decir con esto que todo esté balanceado, sino que hay lugares donde, por un motivo u otro, nos vemos atrapados. Puntos donde todos los involucrados, al menos por ese instante, carecen de motivos para cambiar sus acciones. Esto sí —lo confieso— se lo robé a los economistas, porque tiene mucho de cierto. La historia del narco es, a su manera, el salto de un equilibrio social a otro. Y éste, en su versión más abstracta, es la historia de sus brincos.
El segundo paso implica reconocer nuestra impotencia al saber, sin duda alguna, lo tangenciales que somos en el juego. Si nuestra emoción de impotencia es cierta, será porque otros juegan por nosotros. Y es hora de irlos a conocer. En la evolución de la violencia nos encontramos con dos actores: el narco del que siempre hablamos y el gobierno que nos tocó en México. El juego es entre ellos; vivimos en las consecuencias de sus decisiones.
Ahora sí tenemos todo para contar esta historia, para hacernos del primer equilibrio.
Antes que nada, hemos de reconocer lo mucho que han cambiado las cosas. Lo que hoy es un problema no siempre lo fue. El narco no estaba en tiempos de antaño —ni Hidalgo tuvo que negociar con el Chapo, ni Zapata con Félix Gallardo. La primera acción de este juego nos lleva a un mundo imposible de comprender hoy en día: un México donde las drogas no eran problema. Pues eso de penalizarlas es un fenómeno reciente.
Antes, cuando el término “revolución” carecía de su peso moderno, las drogas eran parte de lo cotidiano. A finales del siglo XIX y principios del XX, el mexicano podía ir al mercado a comprar opio medicinal o disfrutar de bebidas hechas con hoja de coca —de ahí surge la famosa Coca-Cola. Aquí el primer equilibrio que ahora es un sueño distante. El gobierno, sin pensarlo mucho, elimina al narcotráfico manteniendo sus productos en la legalidad. Acaba el juego sin siquiera empezar. No hay motivo claro para hacer un movimiento distinto.
De esto sigue que no todo es culpa del narco. Para que ellos existan, el gobierno tuvo que crear, en lo ilegal, su mercado. Alguien tenía que moverse y, sin el crimen organizado, le tocó al Estado.
Las primeras prohibiciones vinieron con la presidencia de Calles, buscando crear un México sin adicción. Era parte de una tendencia global tras las Guerras del Opio y las conferencias iniciales para su regulación. En 1925, el presidente expidió las normativas que darían reglas al juego; aquellas que dejarían que otro entrara al tablero.
De cierta forma, era inevitable que el narco surgiera después de esto. Con un pueblo acostumbrado al consumo —adicto a él— sólo cambiaría la modalidad de su venta. Nos llevó a un segundo equilibrio. Surge el narco primitivo. Se comporta, mayormente, como bandido. Ante la oportunidad de ganancia, trafica las sustancias que le manda el pueblo sin colaborar o siquiera hablar con el gobierno. Rompe filas con el Estado para hacerle caso a los ciudadanos. Muchas veces, el pueblo lo protege. Hay registros, inclusive, de comunidades donde alertaban a estos narcos ancestrales ante la llegada de policías usando campanas de la iglesia local. El gobierno, por su parte, hace lo que puede para atraparlos. Pone policías en su contra; trata que el pueblo los traicione. Un gato persiguiendo al ratón recién llegado.
Mas no olvidemos que fue la penalización lo que creó este circo. Para jugar se requiere de dos personas, y va siendo tiempo que la segunda responda con estrategias propias.
II. Juego medio
Van pasando los turnos y el narco va creciendo. Tiran dados, guardan recursos. Lo que antes eran un par de caudillos envalentonados se van organizando. Era, como todo lo que he tratado de argumentar, un paso lógico que tomar. Nacen los primeros carteles, traficando, sobre todo, al vecino del norte con su nueva estructura y redes que se expanden entre ambas naciones. Son dos los caudillos principales; los padres del narco. Al este, Juan Nepomuceno Guerra, dedicado desde la prohibición estadunidense al tráfico de alcohol, consolida el Cartel del Golfo. Al oeste, Pedro Avilés Pérez “El León de la Sierra”, consolida a productores de opio en el primer ancestro del Cártel de Sinaloa.
Ya no hablamos de un par de pesos para criminales cualesquiera. De billetes de veinte pasan a los de cien; de ellos a los miles y no tarda el millón. Con ello, una nueva posibilidad se abre: el narco puede sobornar.
En lugar de conformarse con un statu quo de cacería en su contra, el narco propone un nuevo equilibrio donde el botín se reparte entre ambas partes. Piénsese como una elección; pueden seguir como antes o proponer este nuevo escenario. Le toca al gobierno decidir: aceptar el dinero o enfrentarse cara a cara con el narco. Ambos son finales para el juego. Pero supongo que, para los ambiciosos, fue tentador lo primero.
Con billetes —no con balas— la rivalidad pronto se hizo negocio. Cae, a principios de la transición, Áviles Pérez en el norte. Pero, en Sinaloa, le sigue uno de los narcos más ambiciosos: “El jefe de jefes”, Miguel Ángel Félix Gallardo. Él sigue, en gran parte, la estrategia de cooperación, llegando, inclusive, a Rubén Zuno Arce, yerno de Luis Echeverría —en su momento, motivo de escándalo por sus vínculos con el cártel y cercanía a la política federal. Bajo el mandato de Félix Gallardo, el narco sigue traficando, pero con una gran diferencia. Ahora lidia en paz con el gobierno, permitiéndole expandir sus operaciones. Su organización llegaría a conocerse como el Cártel de Guadalajara, probablemente el más influyente y extenso. Sigue con los sobornos con los que, al pasar los movimientos, el narco se va integrando al gobierno. Probarlo es difícil, pero muchos periodistas lo han intentado. Sin poder precisar a qué nivel, el crimen colaboró a finales del siglo pasado con las fuerzas del Estado. Aquí el tercer equilibrio: el narco paga y el gobierno cobra. No hay violencia, sólo la paz de acuerdos turbios.
Es hasta los siguientes movimientos que nosotros, como ciudadanía, jugamos un papel. Por primera vez logramos un cambio en México. Catafixiamos la autocracia por una democracia—con muchos errores, pero con oídos puestos hacia el pueblo.
Por años, el narco se acostumbró a ciertos actores de un mismo partido. Aunque cambiara el presidente, o se alternan los gobernadores, permanecían, en sus puestos, los actores principales a quienes pagar sobornos. Una Pax Priista, como le llamaron los expertos. Pero el PRI no fue eterno. Con el venirse del milenio llegó un cambio democrático. Los actores de antes se fueron; entró un nuevo gobierno. Y con ello, el equilibrio se quebró por dos motivos —un movimiento lógico como los demás. Primero, el caos inicial de una transición y la falta de vínculos. Los gobiernos entrantes venían, de cierta forma, sin pactos establecidos como los que el PRI arrastraba entre administraciones. Por más que el narco quisiera, tomaría tiempo recrear sus viejos vínculos —aunque, como vimos con el caso de Genaro García Luna, definitivamente lo lograron. Mientras tanto, las fuerzas del Estado persiguen; se arma, de nuevo el conflicto. Sólo que los cárteles tienen recursos para dar mayor respuesta que a principios del siglo. No es una persecución cualquiera: es el principio de un conflicto.
Lo segundo, me parece, es un tanto más importante. Con la llegada de la alternancia, se crea un mercado de alianzas ajeno al PRI. Ya no era tener enormes recursos para sobornar gobernadores o secretarios de Estado; ahora, con las divisiones partidistas, también se podían comprar gobiernos municipales. Nuevos carteles, con menos recursos, tenían la capacidad de sus rivales de antes. Y se van creando divisiones en el territorio. Gobiernos protegiendo a unos carteles; narcos peleando con narcos.
Explota el número de carteles y se crean miles de equilibrios locales, estatales y federales, dependiendo del estado de la transición y los pactos que se han logrado. El cuarto equilibrio es uno de muchos y complejos equilibrios: es la guerra contra el narco. Unos gobiernos pelean con ciertos narcos y escudan a otros; los narcos, a su vez, compiten por su atención, eliminando a rivales cuando sea necesario. Un mundo complejo de pactos y traiciones. En medio de él, nosotros vemos cómo escala la guerra y cómo mueren nuestros hermanos. El juego se hace cada vez más complejo.
En butacas distantes, vemos cómo todos pelean entre sí. Cual si fuera un partido de futbol, el balón a veces se les va entre patadas y pega a un fanático desprevenido. Sólo que aquí no hay pelotas, sólo balas que matan inocentes.
Mientras unos pactan y otros pelean, nosotros los observamos sin poder entrar siquiera; preguntándonos ¿cuándo acabará el partido?, ¿cuándo dejarán de jugar con nosotros? Nos consume esa impotencia ya sinónima de México.
III. Juego tardío
Eso no es todo. Hay un poco más que contar.
Me temo que ahora tenemos una etapa adicional del juego. Es una estrategia reciente de los movimientos más tardíos. Aun con el caos, no lo olvidemos, el narco siguió jugando. Siguió acumulando recursos y, con ellos, fue mejorando. El mismo caos de tantos equilibrios lo llevó a buscar alternativas. En un mundo donde los sobornos ya no son seguros, quiere irse forjando una nueva estrategia. El quinto equilibrio y el último que la historia nos permite observar: el equilibrio armado.
De todos los narcos, el Cartel Jalisco Nueva Generación es el que mejor lo ha representado. En lugar de negociar y esperar a que acepten sus ofertas, obliga con la fuerza al Estado. Se adelanta a las declaraciones de guerra sabiendo que, por desgracia, tiene todas las de ganar —o al menos llegar al empate. Así compran armas y carros blindados; entrenan a sicarios para que se aproximen a los soldados. Todo para que, a la hora de la batalla, puedan ser rivales del Estado.
Así como hace años el gobierno obligó a que el narco jugara esta partida creando las prohibiciones de narcóticos, los carteles hoy se lo pagan obligándolo a pelear. Un error de principiante del Estado: cegado por las ventajas del juego temprano subestimó los cambios del juego tardío.
Estos son los casos más marcados en nuestras mentes. Pienso en el Culiacanazo, o lo que hemos visto en Michoacán. El equilibrio se ha vuelto la guerra: ya no hay necesidad de negociar.
¿Cómo llegamos a esto? Me temo que es algo lógico. Mientras más crece el narco, más valientes son sus estrategias. Como nos pasaría a todos de jugar una partida diaria por varios años. Todo depende de sus recursos. De ser perseguidos, pasaron a dar sobornos. De un caos en el mercado, pasaron a tener tanta fuerza que ellos inician la guerra.
Es algo sensato, sólo que no fuimos nosotros los que lo escogimos. Jugaron entre sí narco y Estado; como audiencia forzada, nos tocó gran parte del costo. No sé cuántos equilibrios nos falten, pero sé que estos dos últimos nos han destrozado.
Dudo que esto cure la impotencia de los mexicanos. Al contrario, si algo hace este ensayo, es explicarla y darnos motivo para el llanto. Hay algo importante en ello. Le da vida a un nuevo aspecto de lo mexicano. Me entristece que sea este nuestro juego; uno en el que ni siquiera jugamos. Al menos, espero, con esto, veamos las reglas y las tácticas que tanto dolor han causado.
Antes de que llegue el sexto equilibrio, deberíamos saber cómo jugarlo.
José Luis Sabau
Politólogo y maestro en estudios latinoamericanos por la Universidad de Stanford