Cartografía del crimen organizado

Todos lo intuyen, aun si nos falta la certeza. No hay nada más ubicuo en México que el crimen organizado. En estos años recientes, se ha vuelto una realidad latente para el país entero; una fuerza demoledora que ha cambiado, por completo, el rumbo de la nación. Cualquiera que intente contar la historia de este país tendrá que hablar, sin duda, de este fenómeno que tantas vidas ha costado y tanto ha afectado al mexicano promedio. No es necesario usar datos; con sólo pasar una tarde hablando con los ciudadanos encontrará miles de historias de extorsión o lágrimas derramadas ante un familiar caído. Dondequiera que uno mire, hay indicios sutiles del narcotráfico y lo mucho que ha afectado la conciencia colectiva. Sobre todo, y anudado a lo anterior, ha creado una falsa expectativa de temor. Todos vivimos con la idea que el narco está en todas partes, como sugeriría este inicio un tanto poético. Si queremos curarnos de dichos miedos, va siendo tiempo de definir, con cierto grado de certeza, aquellas partes de las que hablamos en que reside el crimen organizado para al menos saber dónde temer.

Antes,en este mismo espacio, he hablado de la importancia que tiene medir al narco para liberarnos de aquel miedo que viene con su presencia tan generalizada. Parte de su poder, siempre he temido, viene del hecho que sabemos está presente en teoría, pero batallamos por señalarlo en lo concreto. Por ello, desde que publiqué aquel texto anterior argumentando la importancia de medir al narco, he batallado con la mejor manera de visualizar aquellos datos que hasta ahora, nos habían eludido. No basta con decir que el narco está en todas partes o escuchar, como ya nos es costumbre, el número ascendente de homicidios y decomisos que la prensa reporta año tras año. Hay que dar una imagen certera de su presencia.

Tampoco es suficiente presentar los datos en las gráficas de barras o líneas ascendentes que tanto se nos han hecho costumbre. Lo interesante —lo verdaderamente importante— es ubicar, con certeza, al crimen organizado y cómo se ha ido esparciendo, con el tiempo, por todo México. En lugar de cuantificar, el verbo adecuado es mapear. Si queremos, eventualmente, contar la historia del narco, primero necesitamos entender sus paraderos. En ello, no hay más que crear una cartografía del crimen organizado como, en estas páginas, me propongo a sugerir en un boceto inicial.

Al hacerlo, sin embargo, nos enfrentamos a una cruel realidad. Ese presentimiento inicial tiene consigo una verdad contundente. El crimen organizado realmente está en todas partes. Pero ahora, en lugar de afirmarlo en el éter, podemos verlo en un mapa.

El proceso de elaboración consistió en tres esfuerzos. El primero, incorpora la base de datos del grupoMexicanos Unidos Contra la Delincuencia (MUCD) que mide, con gran certeza, la ubicación de todos los decomisos que han efectuado las principales fuerzas del orden en la nación (Ejército, Marina, policía federal y guardia nacional). El segundo, como complemento, se trató de incluir la longitud y latitud de cada municipio usando datos del Inegi para ubicar, en un mapa, cada decomiso con alto grado de certeza. Finalmente, usando la herramienta Tablaeu, se realizaron mapas para las tres drogas principales que ameritan discusión: marihuana, cocaína y metanfetaminas. En lo que sigue, presento los mapas junto a las historias que, por desgracia, llegan a contar.

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

Los mapas de la droga

La historia del crimen organizado en México comienza con el tráfico de dos drogas que, desde antaño, se han producido en el país: la marihuana y la goma de opio. Tenemos registros desde el siglo XIX que indican su presencia en México y su disponibilidad comercial. No por nada, los primeros grupos de crimen organizado se dieron con el propósito de transportar estas drogas a nuestro vecino del norte al iniciar las prohibiciones sobre narcóticos. El caso más característico es el de Pedro Áviles Pérez, “El León de la Sierra”, quien coordinó a productores de droga en el noroeste del país para crear el primer antecedente de un cártel de la droga. Viendo solamente el caso de la marihuana, podemos entender que, de las drogas estudiadas, es por mucho la de mayor historia, por no decir tradición. Además de que, en su evolución, anticipa la historia de la nación misma.

Los siguientes mapas muestran, con certeza, la ubicación de todos los decomisos que se han dado en México desde el año 1990. Al contar esta historia, hay dos fuerzas importantes. Una es la historia de las drogas en sí que comento brevemente en cada caso. La otra, son las políticas públicas que influyeron en el aumento de decomisos. Por este segundo hecho, he dividido la cartografía por sexenios y usado colores característicos a los partidos de cada presidente para diferenciar los mapas. Los presidentes priistas (Carlos Salinas, Ernesto Zedillo y Enrique Peña Nieto), van de verde; los panistas (Vicente Fox y Felipe Calderón), de azul; y el actual presidente López Obrador —del cual sólo están los años 2018-2020— viene del guinda característico de Morena. Cada círculo representa un decomiso y, su tamaño, la cantidad de kilogramos que fueron decomisados.

La marihuana, como mencionaba, precede a estos mapas, aunque en ellos vislumbramos la historia de nuestro país. Desde el primero de ellos, que muestra los decomisos en la administración de Carlos Salinas, ya apreciamos una presencia generalizada, sobre todo en la costa oeste, donde abundaba su cultivo. Recordemos, además, que de dicho sexenio contamos solamente con cuatro años para analizar (1990-1994), por lo cual, es probable que tengamos varios valores omitidos. Se mantiene, sin embargo, una misma constante: la marihuana era una droga que, desde antes, se producía en el país.

Con la llegada de la democracia, comenzamos a ver un cambio significativo en el número de decomisos. En realidad, esto lo vemos desde la transición de Salinas a Zedillo en 1994, lo cual, probablemente, indica las divisiones que existían entre ambos presidentes. Al salir un incumbente, se van con él sus estructuras patronales y, a su vez, los oficiales con los cuales el crimen organizado había creado relaciones clientelares. La llegada de Zedillo, sin duda, es el primer indicio de un cambio en las estructuras de sobornos, pero se profundizarían en el 2000, cuando el PAN derrota al PRI en la contienda presidencial y, con ello, se desmantelaron las estructuras clientelistas de antaño. Esto no quiere decir, necesariamente, que de la nada aumentara el narcotráfico, sólo que el gobierno decide pelear con él ante la falta de corrupción establecida. Es decir, nos comienza a revelar, en sus acciones, la verdadera penetración que tiene dicho fenómeno en el país.

Para 2006, viviríamos un cambio radical con la llegada de Felipe Calderón y la declaración formal de guerra al crimen organizado. Si antes vimos una intensificación en decomisos —y, por ende, en la presencia del crimen organizado— por los cambios de administración, la llegada de Calderón al poder trajo consigo un combate más activo. De ahí, un aumento drástico en decomisos que perduraría en los sexenios por venir, cubriendo, casi por completo, los mapas presentados.

Observamos un patrón similar cuando se trata de decomisos de cocaína, aunque cuenta con un detalle histórico. El tráfico de esta droga sólo comenzó a aumentar considerablemente en el país durante los últimos años de vida del narcotraficante colombiano Pablo Escobar y tras su muerte en 1993. Previo a ello, los cárteles mexicanos se asociaban con sus contrapartes colombianas para el transporte de droga. Al caer el capo colombiano, emprendedores mexicanos del crimen organizado comenzaron a monopolizar la cocaína dentro del país. A diferencia de la marihuana, que era una droga habitual en el país, la cocaína va aumentando paulatinamente desde los noventa. Sufre de los mismos aumentos que otras drogas al darse las transiciones democráticas y, nuevamente, con la llegada de Calderón al poder, vemos cómo el mapa se cubre de decomisos.

Ahora, si la cocaína fue una droga de llegada reciente, las metanfetaminas lo son aún más. Su relevancia evade el primer sexenio de nuestra serie e, inclusive, en el de Ernesto Zedillo, son escasos los decomisos. Sólo comienzan a crecer con la llegada del milenio, en gran parte, por el aumento de consumo de drogas sintéticas en Estados Unidos con la primera ola de la crisis de opioides en el país. México, con bandas de crimen organizado establecidas, pronto se percató del creciente mercado estadunidense y comenzó a suministrar metanfetaminas aumentando la presencia de la droga en el país. Para la llegada de Calderón y la guerra contra el narcotráfico, otra vez, estallarían los decomisos. Una nueva historia de aumento debido a decisiones puntuales en el sistema político mexicano.

Encontrando senderos

Habiendo visto ya la forma del narco en nuestro país, podemos obtener dos conclusiones importantes y, quizá, desalentadoras. Los dos senderos que van marcando, en sus fronteras, estos mapas. Por un lado, es claro que la historia política de México incide en el mundo del crimen. La transición a la democracia suele coincidir con aumentos en decomisos al romperse las estructuras establecidas de corrupción. Asimismo, con la declaración de guerra contra el crimen organizado, encabezada por Felipe Calderón, observamos, en los tres casos, un aumento drástico en el número de decomisos. El narco se iba haciendo más presente o, por lo menos, el estado nos ayudaba, en su guerra, a entender su ubicuidad.

Por otro lado, y quizá más desgarrador, es el hecho que, a partir de 2006, la intuición del mexicano se respalda con los hechos. El narcotráfico, genuinamente está en todas partes. Basta con ver los mapas de decomisos de marihuana y cocaína; los de metanfetaminas a menor grado. En los primeros dos casos, no hay estados que queden libres de la presencia del narco. Está, genuinamente, en cada rincón; espera en cada esquina. Lo sabíamos como anécdota; ahora lo tenemos en datos. El narco habita en gran parte de nuestro territorio.

En un discurso ya hace mucho olvidado, García Márquez dijo que el crimen organizado era “un problema que se le salió de las manos a la humanidad”. Estos mapas —esta cartografía— sólo demuestran aquella suposición. En México, el narco ha llegado a niveles que únicamente podían entenderse con la ficción. Una cosa es decir que el narco es como el aire y, en metáfora, asumir que habita en todas las regiones del país. Otra, muy distinta, es saber que el crimen está presente dondequiera que el viento sopla. Espero, al menos, que tengamos suficientes indicios con estos esfuerzos de los lugares sobre los cuales poner nuestras palmas colmadas de desgracia. Se nos ha escapado de las manos el problema, es cierto. Ahora nos toca reconocer la desgracia y hacer algo al respecto.

 

José Luis Sabau
Politólogo y maestro en estudios latinoamericanos por la Universidad de Stanford

 

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Publicado en: Contexto