En los estudios de opinión pública y voto, una expectativa es que durante las elecciones presidenciales los votantes que evalúan positivamente al presidente en turno tienen una probabilidad alta de votar por ese mismo partido en la próxima elección. Una suerte de voto retrospectivo, en el que los votantes premian el buen funcionamiento del gobierno en turno y revalidan al partido en el poder. Esta asociación entre aprobación presidencial y voto es particularmente clara cuando el presidente en turno puede reelegirse, por lo que los votantes pueden premiar o castigar al propio presidente en las urnas. ¿Cómo es la relación entre la aprobación presidencial y el voto para presidente en México, donde los presidentes no tienen opción de reelegirse? Esta nota analiza dicha asociación con datos del Estudio Nacional Electoral de México (ENEM) y encuentra que si bien los votantes que aprueban el trabajo del presidente en turno tienen una mayor probabilidad de votar por el partido en el poder que quienes lo desaprueban, esta relación es tenue. En las elecciones presidenciales del año 2000, 2006, 2012 y 2018, un porcentaje bastante significativo del electorado que aprueba mucho (cuatro de cada diez votantes) o algo (seis de cada diez votantes) el trabajo del presidente en turno vota por la oposición en las elecciones presidenciales.

El Estudio Nacional Electoral de México (ENEM) es una encuesta postelectoral que es parte del Estudio Comparado sobre Sistemas Electorales (Comparative Study of Electoral Systems, CSES) y se levanta unos días después de cada elección presidencial. La Gráfica 1 reporta la aprobación presidencial que cada residente en turno registró durante las elecciones presidenciales de 2000, 2006, 2012 y 2018 usando los datos del ENEM, específicamente la pregunta “¿Está usted de acuerdo o en desacuerdo con la manera como está gobernando el presidente?”. Como puede observarse, los presidentes Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón registraron una aprobación presidencial bastante alta hacia el final de su sexenio (Zedillo 66 %, Fox 67 %, Calderón 54 %). Estos presidentes tuvieron la oportunidad de movilizar el apoyo a su gobierno y traducirlo en apoyo al candidato presidencial de su partido. Sólo Enrique Peña Nieto registró una aprobación presidencial muy baja (20 %), por lo que no existió apoyo significativo a su gobierno que se pudiera trasladar a su candidato.

Fuente: Estudio Nacional Electoral de México (ENEM)
Ahora bien, los siguientes párrafos analizan la relación entre la aprobación presidencial y el voto durante las elecciones presidenciales. La Gráfica 2 muestra que hay una relación positiva entre aprobar el trabajo del presidente y votar por su partido. Sin embargo, a excepción de 2006, esa relación no es particularmente fuerte. En 2006 una amplia mayoría de los votantes (75 %) que aprobaron el trabajo del presidente Fox votaron por el candidato de su partido, Felipe Calderón (PAN). Sin embargo, en las elecciones de 2000, 2012 y 2018, ese porcentaje apenas osciló entre 47 % y 57 %: sólo el 47 % de los votantes que aprobaron el trabajo del presidente Ernesto Zedillo (PRI) votaron por Francisco Labastida (PRI); apenas el 51 % de quienes aprobaron el trabajo de Enrique Peña Nieto (PRI) votaron por José Antonio Meade (PRI), y sólo el 56 % de quienes aprobaron el trabajo de Felipe Calderón votaron por la candidata de su partido, Josefina Vázquez Mota (PAN). Estos datos sugieren que el apoyo de los votantes al trabajo del presidente en turno no se traslada de manera automática. En la amplia mayoría de las elecciones presidenciales después de la transición a la democracia en México, la relación entre la aprobación presidencial y el voto es más bien moderada a débil.
Estos datos en realidad no son del todo sorprendentes. Sólo el presidente que decididamente apoyó al candidato de su partido durante la campaña fue capaz de movilizar la aprobación a su gobierno a favor de candidato de su partido. Ese es el caso del expresidente Fox que no escatimó en su apoyo a Felipe Calderón durante la campaña presidencial de 2006, al borde de generar una crisis postelectoral por su intervención durante las campañas. En cambio, en 2012, Felipe Calderón —quien habría preferido ver a su secretario de Hacienda, Ernesto Cordero, como candidato de su partido—n o apoyó decididamente a Josefina Vázquez Mota, la candidata de su partido (e incluso, versiones periodísticas rumoran que su gobierno apoyó en realidad a uno de los candidatos de oposición). En el caso de los presidentes priistas, si bien Ernesto Zedillo tuvo un papel fundamental para designar a Francisco Labastida como el candidato de su partido, ya en la campaña, Zedillo optó por no entrometerse y garantizar una elección libre más allá de las presiones de su propio partido para influir en la elección. Enrique Peña Nieto tampoco tuvo un papel mediático relevante durante la campaña y su partido optó —seguramente por la muy baja aprobación presidencial de Peña Nieto, la más baja desde la transición a la democracia en México— por realzar la capacidad técnica e incluso la militancia independiente de su candidato, José Antonio Meade. Cuando el gobierno de Peña Nieto intervino en la campaña, más que para movilizar apoyo para su candidato, fue para iniciar una investigación sobre posibles actos de corrupción en contra de uno de los candidatos de la oposición, Ricardo Anaya.
Gráfica 2. Asociación entre aprobación presidencial y voto en las elecciones presidenciales

Fuente: Estudio Nacional Electoral de México (ENEM)
Del lado derecho de la Gráfica 2 se puede observar la asociación entre aprobación presidencial y apoyo a los candidatos de oposición. Como es de esperarse, es una relación negativa, pero no es particularmente fuerte. Sólo en 2006 se registra un bajo porcentaje de voto a favor de los candidatos de oposición entre quienes aprobaron al presidente Fox. En cambio, en las demás elecciones presidenciales, un porcentaje bastante alto del electorado votó por la oposición a pesar de aprobar el trabajo del presidente en turno (44 % en 2012, 49 % en 53 % en 2000). Es importante resaltar que estos porcentajes se enfocan entre quienes aprueban claramente el trabajo del gobierno en turno (“acuerdo”). Entre quienes expresan una menor aprobación (“acuerdo en parte”), los porcentajes de apoyo a la oposición son aún más altos (52 % en 2018, 60 % en 2006 y 77 % en 2000 y 2012). De nueva cuenta, estos datos muestran que la aprobación presidencial tiene una relación más bien débil. A pesar de aprobar al presidente en turno, prácticamente uno de cada dos votantes apoya a algún candidato de la oposición en la elección presidencial.
Finalmente, dado que existe una percepción que la aprobación presidencial de Andrés Manuel López Obrador es más alta que presidentes anteriores, una pregunta relevante es si el presidente López Obrador podrá trasladar dicho apoyo a favor de la candidata presidencial de su partido, Claudia Sheinbaum. De entrada, como se ha discutido en espacios anteriores del Taller de Datos, uno de los supuestos de esa aseveración tiene débil apoyo empírico. En realidad, la aprobación presidencial del presidente López Obrador no es muy diferente a la que en su momento registraron Felipe Calderón o Vicente Fox (aunque sí es muy superior a la registrada por Enrique Peña Nieto). Por ejemplo, según el agregador de encuestas Oraculus, en el quinto año de gobierno (específicamente en el mes 63, abril del quinto año de gobierno), Vicente Fox y Felipe Calderón registraron una aprobación presidencial promedio de 61 %, mientras que López Obrador, en el mismo momento, registra actualmente una aprobación presidencial promedio de 68 %.
Segundo, la experiencia de las elecciones anteriores sugiere que el traslado de altos niveles de aprobación a apoyo al candidato del partido gobernante no es ni automática ni tampoco siempre exitosa. En promedio, desde la elección presidencial del 2000, aproximadamente cuatro de cada diez votantes que aprueban al presidente en turno votan por un candidato de oposición en la elección presidencial. Una vez que se celebre la elección presidencial en junio próximo, se levantará una nueva edición del Estudio Nacional Electoral de México (ENEM 2024) con lo cual podremos ver si el caso de López Obrador y Claudia Sheinbaum se parece más a la elección presidencial de 2006 (una relación fuerte entre aprobación presidencial y voto) o a las elecciones de 2000, 2012 y 2018 (una relación más bien débil).
Rodrigo Castro Cornejo
Profesor en el Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Massachusetts-Lowell, Director Asociado del Centro de Opinión Pública (UMass-Lowell) y co-investigador principal del Estudio Nacional Electoral de México (ENEM).